Federación Nacional de Estudiantes Revolucionarios “Rafael Ramírez”

Futbol y espectáculo

Por: @Marco Antonio Aquiáhuatl

Enero 13, 2020


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La comunicación global es una necesidad económica: sin ella, el intercambio de mercancías no se realiza y esto ocasiona que no se obtenga la plusvalía contenida en las mercancías, además de que la producción masiva tiene que salir de los almacenes lo más pronto posible para postergar, lo más posible, la crisis de sobreproducción. Es por ello que los avances tecnológicos encuentran su mejor presentación en la telecomunicación.

En nuestro país, según el INEGI en 2012, poco más del 90% de los hogares posee, por lo menos, una televisión; la tasa de crecimiento de usuarios de internet, en nuestro país, crece de manera galopante: en sólo diez años, los usuarios de internet aumentaron a más de 300%; a 2013, las líneas de teléfono asciende a 101 millones, con un crecimiento anual de 6.7% (INEGI, 2012); los dos últimos factores parecen completarse: de 2012 a 2016 el crecimiento de usuarios de internet en nuestro país pasó de 41 a 70 millones de internautas. Los usuarios de teléfono celular representan el 73.6 por ciento de la población de seis años o más, y tres de cada cuatro usuarios cuentan con un teléfono inteligente (smartphone).

Los medios de comunicación tienden a poseer un alcance global casi completo. Y este afán es, como queda dicho, crear un vínculo entre vendedor y comprador aún más estrecho, es decir, comunicar es sostener un enlace masivo para vender mercancías y el mecanismo de enganche más eficaz es el entretenimiento. Entretener es su función vital, sino lo hace, no vende; porque entre más audiencia tengan, mayores serán las ganancias; entre otras cosas, ésta es la razón por la que nuestra sociedad adore excesivamente el entretenimiento.

Mario Vargas Llosa se lamenta en su libro la Civilización del espectáculo: “nuestra sociedad exalta la diversión como un alto valor humano, por el que vale la pena vivir”. Tiene razón: vivir bajo la consigna “entretenimiento a pesar de todo” tiene consecuencias muy serias para la cultura: banaliza el arte, rebaja al periodismo a la nota roja y en el caso de los deportes, pondera la afición, el fanatismo, sobre su práctica. Piensa, amigo lector: de todos los aficionados al futbol que conoces ¿cuántos son los que verdaderamente practican dicho deporte de forma sistemática o disciplinada?  Podemos responder con seguridad que muy pocos. Recordemos que nuestra sociedad mexicana tiene altos índices de obesidad y sobrepeso: México ocupa el segundo lugar en obesidad adulta y el primero en obesidad infantil, según lo sostenido por la UNICEF. Desde luego que la obesidad mexicana no es producto solo de la práctica nula del deporte, también es desnutrición, pero este primer factor contribuye de forma considerable: cerca del 73% de las personas que no practica ningún deporte semanalmente padece sobrepeso; es más, sólo dos de cada diez mexicanos hace deporte de forma regular. La OCDE dice algo peor: ¡¡sólo el 5% del tiempo de ocio que tienen los mexicanos lo dedican a las actividades deportivas!!

En resumen, aficionados hay muchos, pero no porque vivan el deporte como práctica, sino, sobre todo, como espectáculo. ¿Qué beneficios se obtienen cuando una población se entrega al futbol como espectáculo? Realmente, ninguno, ya se sabe que las ganancias económicas son para otros. Según un estudio que realiza The Annual Review of Football Finance, el futbol se ha posicionado como la 17ª economía del mundo, por encima de naciones como Suiza, Bélgica y Taiwán; si la FIFA fuera un país, esta asociación  tendría un PIB de 500,000 mdd; la final de la Champions League tuvo una audiencia estimada de 350 millones de personas. De allí que los fichajes (contrataciones de futbolistas) sean por cantidades exorbitantes; el pago anual de los 10 mejores jugadores pagados equivale a 5 mil 681 millones de pesos mexicanos; esto equivale a 6 veces más a lo que va a destinar el gobierno al Estado de México en deporte y casi lo mismo para combatir la pobreza. Un negocio millonario.

Al aficionado debe inyectársele futbol para comprar más; no sólo eso, su pasión lo puede hacer olvidar los problemas verdaderos de su tiempo: es más importante lo que pasa dentro de la cancha que fuera de ella. Un par de ejemplos: el presidente Jorge Rafael Videla, durante su dictadura se sirvió del Mundial de Argentina 78 para engañar al mundo. En el transcurso de dicha justa hubo desaparecidos políticos, torturas y asesinatos; mientras las Madres de la Plaza de Mayo exigían justicia por los secuestros políticos, los medios argentinos narraban el progreso de la selección albiceleste. La mejor información sobre la represión se publicaba en Europa. Videla pretendía hacer creer que su Estado era el mejor y aquella tierra era la más próspera. Otro ejemplo más cercano a nuestra época: Silvio Berlusconi, pasó de la presidencia del A.C. Milán a ser el presidente del gobierno de Italia, y lo logró gracias a su imperio mediático en la televisión y sobre todo en el futbol; hoy esta nación europea atraviesa una aguda crisis económica precipitada por el mal gobierno del susodicho. El aficionado defiende sus colores con una fogosidad desmedida, casi irracional, esto ha sido terreno fértil para que en Europa se filtren grupos radicales de ultraderecha, por ejemplo en Inglaterra o en Alemania.

El espectáculo triunfa sobre el deporte y, como vemos, ser muy aficionado no te hace deportista. Paradójicamente, te convierte en consumidor compulsivo de mercancías que atentan contra la salud y, peor aún, te desconectan del mundo casi completamente. El futbol como programa de televisión no hace crecer a este deporte, lo destruye, porque le quita su verdadera esencia: vivirlo fuera del sofá, y lo convierte, de este modo, en un circo distractor más del capitalismo mundial. La salida es simple pero contundente: jugar más, ver menos.


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